Barbra Streisand o el ministerio de la nieve

Barbra Streisand o el ministerio de la nieve

Qué cosa más tonta, acabar a las tres de la madrugada viendo una peli de Barbra Streisand.

Igual por cosas así, ciertas películas, ciertos actores y actrices, se convierten en clásicos. O quizás sea yo que me estoy haciendo mayor.

Sé que soy mayor porque reconozco rápido esa iluminación un poco cursilona de muchas de las películas de los ochenta y noventa. Como siga viendo películas así, a estas horas de la madrugada, acabaré diciendo aquello del The New York Times en su crítica de la actuación de Lola Flores en el Madison Square Garden: “no canta, ni baila, pero no se la pierdan”.

Intento descansar un poco.

Después de ver la nieve sepultando nuestros invernaderos, de intentar prepararlos contra viento y marea para la próxima campaña, intento relajarme entrando en ese mundo audiovisual, de otras vidas soñadas que nos da el cine. Y no puedo dormir. Imagino ser un Nick Nolte cualquiera y sueño esos otros mundos neoyorquinos, y no puedo dormir.


No puedo sacar de mi cabeza las toneladas de nieve encima de los nuevos invernaderos recién montados, los esfuerzos inútiles por aligerar el peso de la nieve, la sensación de pequeñez y de soledad que nos rodea en este remoto paraje pirenaico…


Hay una historia épica que siempre me gustó. Es larga, muy larga, casi infinita vista con ojos europeos. Comienza en Alaska y continúa, sin interrupción hasta la Tierra del Fuego, 15.300 km. llenos de leyendas, esfuerzos infinitos y superación. Es la conquista de la última frontera de las Américas, de todas ellas.

En cada territorio tiene su nombre y su historia. En el Norte es el Mito Fundacional o el The Last Frontier de Alaska. En el lejano Sur puede ser la Conquista del Desierto de los argentinos. En el inmenso Brasil, Manaos como una ensoñación amazónica recubierta de caucho…

Da igual, tiene que ver con esa sensación de irrealidad que, en el cine, dan los filtros difusores o los personajes como Barbra Streisand, y en los paisajes la brutalidad a la que nos somete la naturaleza en el límite.

The Last Frontier, Barbra Streisand o tomates de Alta Montaña de Fantova sepultados por la nieve, que más da.

Siempre el hombre frente a lo salvaje, frente al paisaje. Y alguna vez dentro de él, mimetizado. Así nos sentimos nosotros después de este duro invierno.

Por eso no puedo dormir.

Pero hoy ya es primavera y no pienso en la Streisand sino en el gran maestro, en mi maestro, Don Antonio, en los últimos versos de su poema “a un olmo seco”:

“Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.”

Feliz primavera a todos.

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